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14.-Apéndice con Relato Fantástico
CUASI MEMORIAS
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2.- PODERES PARANORMALES
3.- Elsa Pataky
4.- OVIEDO... Y GIJÓN
5.-"PASION DE GAVILANES"
6.- Mi vida en Madrid
7.-LOS ARTISTAS QUE HICE
8. SIGUE LOS ARTISTAS QUE HICE
9.- ¡ÚLTIMA HORA! NORMA DUVAL, DE NUEVO, VIENE A POR MÍ
10.-EL MANIFIESTO HUMANISTA Y MI VIDA EN EL EXTRANJERO HASTA LLEGAR A RUSIA
11.-VUELTA A CASA ,EL CUERPO DEL DESEO Y UN REPASO A NUESTROS POLITICOS
12.-Del bing-bang al uranio empobrecido de 1982 en Madrid
13.-Epilogo y Gotas de Tinta
14.-Apéndice con Relato Fantástico
15.-TERMINA EL RELATO FANTÁSTICO Y FIN DE LAS MEMORIAS
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Mi padre, creador de la familia Ordóñez, fallecido a edad muy temprana y al que apenas pude disfrutar.
JULIO ORDÓÑEZ GARCÍA
Dedicado a la memoria de mi padre (q.e.p.d.) Eugenio D´ors y a Ramón Gomez de la Serna.

Relato Fantástico
PRIMERO

Julio Ordoñez tenía año y medio cuando su padre había cumplido los
treinta y seis.

Con esa diferencia de edad nunca llegaron a conocerse.

Treinta y dos años y medio los separaba.

No era bueno tener un amigo demasiado joven.

Tal vez si no llevara pañales podrían llegar a entenderse.

Los pañales les separaban como a otros les separan los desengaños.

Ir a los servicios de caballeros constituía un compromiso.

Había lugar y altura para los minusválidos. Se había pensado en la comodidad de las damas. Pero a nadie se le había ocurrido poner recipientes a personajes de año y medio. Era una injusticia, pero ocurría. No estaba en la carpeta de los Magistrados, pero sucedía.

El aseo les separaba aún más.

Luego, los bares.

Demasiado altos los mostradores.

Demasiado altos los taburetes.

Si se sentaba una señorita en uno de ellos, la perspectiva caballera de Julio Ordóñez distaba mucho de ser la de su padre.

Veía las piernas demasiado largas, los muslos demasiado robustos y los pies demasiado cercanos.

Para el ángulo del padre, la cara de la joven, sus labios y su mirada, la tibieza de sus senos y su piel aromática y sus manos, estaban a su alcance.

El piropo, a su alcance.

Una sola palabra, y ahí quedaba.

Para Julio Ordoñez, una lata de coca-cola, las caras podridas de las gambas, junto al serrín del suelo y los tacones de la concurrencia, era toda su panorámica.

Sería extraño que se comprendieran.

Todo les separaba.
Registada en la Propiedad Intelectual de la Comunidad de Madrid como Relato con el nombre de Julio Ordoñez Garcia con el número definitivo con el nº M.006281/2003 el 11 de agosto del 2003 y el asiento reegistral 16/2003/7035 de fecha 24 de octubre del 2003.
Prohibida su reprodución y difusion parcial o total sin permiso del Autor.
Claro que estaba el crecer, con el tiempo, pero sería difícil alcanzar a su padre que, en el vehículo de la vida, le llevaba treinta y seis años de ventaja.

A menos que el ciclo del universo se interrumpiera para satisfacer al hijo, cosa técnicamente imposible.

Porque el padre sería más padre siempre, y habría que esperar que pasara de una vez a la reserva, cuando él también lo fuera y tuviera hijos y el hijo fuera más hijo y más grande que ellos.

Quizás para entonces el padre ya tendría joroba, la espalda curvada y el belfo tocando el suelo. Ya para entonces no tendría objeto disputarse a la joven del taburete del mostrador de los tibio senos.

Un futuro muy lejano

De momento Julio Ordoñez era feliz en su edad y no tenía intención en dejar de serlo. También un año y medio tenía sus ventajas. Nadie se atrevería a contrariarle y si esto ocurría alguna vez, haría venir a toda la vecindad con sus gritos, que nunca lloró.

Todos sus caprichos eran saciados al instante y así tiranizaba al padre hasta convertirle en su verdugo.

Que el padre lo decía: mi adorable verdugo, mientras le besaba como si en vez de padre fuera masoca.

Extraña reacción.

Empero Julio Ordóñez no era sólo, que tenía, cuatro suflés de limón y naranja y todos mayores que él.

Dos hembras naranja y dos varones limón y el barquillo.

Él era el menor, el más pequeño, la debilidad del padre, a los cuarenta y tantos años de la madre, que nadie se explica como ocurrió.

Sin duda Julio Ordoñez fue engendrado en ese vientre maravilloso de las mamás jamonas, que se diría de primerizas, de lo buenas que están.

Cuando el insecto rompió la crisálida y coronó, no se echó a llorar si no a reír y con tal fuerza, que tuvieron que darle palmadas en el Sur para tranquilizarlo.

Todo fue porque las caras de los terrícolas le resultaron tan chocantes que le sobrevino otro ataque de risa, dejando estupefactos a los allí reunidos y que aún no se han repuesto de la explosión del átomo.

Julio Ordoñez había comprendido, lo que a ninguna otra criatura se le ocurrió jamás, que el espacio exterior era mejor que la placenta. Que el tanque iba a dar vueltas subido en los caballitos del carrusel. Que el gusano y la mariposa podían ir de compras a los Harrod`s de Londres. Que la sinrazón del terrorista podía ser la avellana diluida en un cuenco de azahar.

Por eso se vistió de fiesta al descubrir la luz. Se calzó el esmoquin y los zapatos de charol al descubrir el rayo laser que atravesaba las vidrieras del polideportivo de su madre, mucho más bella que la más bella de las catedrales góticas y el rasgado periné

Porque esto de asomarse por un agujero a la vida era tan excitante y divertido como la lujuria de una borrachera de anís, o como la euforia que sienten los delfines al dar su olímpico salto fuera del agua.

Solo que él no pensaba regresar al abrigado nido. El seguiría en el viento, sin parar de reír, tomándole de esta forma el pelo a la vida, para así gozar, hasta la médula de las entrañas, la teología de la liberación.
 
SEGUNDO
Y así Julio Ordóñez tenía tres años y medio cuando su padre había cumplido los treinta y ocho.

De la edad de la madre, nunca se supo, pero en cambio se llamaba Fuencisla, como la Virgen que retaba a la del Pilar en la jota en lugar de a su marido, el padre del conjunto.

¿Qué pasaba con el padre mientras el tiempo transcurría?

Del taburete del bar, pasó a una más confortable silla y de ésta al butacón de un gran hotel.

Siempre con la misma señorita, que también es casualidad, a la que ahora tomaba de las manos, sin duda para calentarse, y luego la pasaba el brazo por el hombro, dejando la mano ingrávida sobre uno de los tibios pechos ya descritos, porque hacía frío, debía ser invierno, y en el lujoso hotel donde se encontraban no habrían encendido la calefacción.

Será por eso que un día le dijo el padre a la señorita:

Estoy helado ¿por qué no probamos a calentarnos en la cama?

Como a ella le pareciera plausible, pidieron un dormitorio.

Tienes los pies como el mármol, observó el padre a la señorita.

Y tú los tienes de alabastro, respondió ella, que era muy fina. Y después:

Será mejor que los frotemos para entrar en reacción.

En esos momentos estalló la tormenta eléctrica, polvo de estrellas positivo, contra polvo de estrellas negativo. Los astros se sofocaron y empezaron a sudar y esto les obligó a guardarse la madreselva

Pero entonces sobrevino el cortocircuito al juntarse los dos polos y, en consecuencia, la falta de la luz, las tinieblas tangibles eternas de la culpa. El miedo. De pronto, todo fue rasgado por la claridad vivísima de un relámpago. El himen, pensaron ambos. No. El flash de un periodista que, escondido en el armario, había aguardado la ocasión oportuna para sorprender a la pareja.

Sólo al día siguiente se enteraron por los periódicos, y las revistas con brillantina en las portadas, que lo del relámpago había sido un flash. Y por las revistas gordísimas engominadas en las portadas y todas sus hojas.

Sus hermanos, Pepe el Mayor, Pilar, la otra Virgen, Angela la Beata y Lorenzo el Magnífico.

Eran los números de dos en dos, como si fueran primos, tíos, parientes lejanos y múltiplos a la vez.

Todos más viejos que él, el hijo tardío, pródigo, mimado y sin remedio.

Toda su familia mayor que él.

También la ciudad en que vivían.

En realidad su ciudad era enorme.

Tan grande era su ciudad que ponían cárceles en las aceras para proteger y dirigir a las aves que formaban la multitud de pisaverdes en corte.

Cárceles, otro sí, en los parques para proteger a los perros.

De los perros sólo se sabía de su excrementos, que la suela del zapato los llevaba adheridos, pero que no sabían el cómo ni el cuando ni el por qué de aquel procedimiento de la orquesta.

Cárceles en rojo, naranja y verde para proteger los coches del aluvión de chavales que limpiaban los zapatos y los parabrisas.

Cárceles en los portales de las casas para proteger a los vecinos.

De día y de noche las puertas estaban cerradas, como cajas de caudales y sólo un portero automático podía abrir la combinación.

El portero autómata obedecía sólo con pulsarle el botón número siete de su chaleco a cuadros.

Abría la cárcel y ésta se volvía a cerrar definitiva, diciendo O.K.

Dos ascensores inteligentes, les encerraban y les abrían, les abrían y les encerraban, hasta conducir los vecinos a su piso sin errar nunca.

Porque no había escaleras ni para que pitos eran necesarias.

Una vez llegados al piso había que abrir la puerta blindada con su correspondiente combinación

Las ventanas de los pisos y apartamentos tenían rejas, para que los vecinos no fueran violados por accidente.

La casa era una cárcel, todas las casas lo eran.

De este modo la ciudad entera era una cárcel.

El país una inmensa cárcel.

Tal vez el planeta entero y aun el cosmos.

Y la especie del ser, tenía su cárcel particular, bien alojada en la sudadera que bombeaba a su antojo, sístole o diástole de más. Positivo, contra polvo de estrellas negativo. Los astros se sofocaron y empezaron a sudar, y esto les obligó a guardarse la madreselva.

La madre Fuencisla le había dicho a la del Pilar que ella con sal hacía la comida pulsando los botones de su fregadero y sin acordarse del colesterol.

No te asomes a la ventana, le decía a Julio Ordóñez que te puedes caer y pupa.

No te asomes a la ventana porque puedes coger frío.

Hijos, cerrad las ventanas que el ozono está muy bajo y podéis coger anginas.

Que ayer entró un mosquito, picó a tu padre y fíjate como se ha quedado morado que se puso a comer lentejas.

El padre se había puesto morado y dijo que el mosquito tenía
mala la uva porque traía cámara oscura en lugar de abrelatas.

Veinte años cumplidos del padre que era actor y trataba con señoritas y hasta ahora no había tenido fotógrafos ni periodistas ni televisión ni falta que le hacía.

Ahora acudían como moscones y le asediaban, le preguntaban, le importunaban tanto, le picaban tanto, que más parecían mosquitos de trompetilla.

Zancudos molestos.

El padre vivía en la cárcel de su casa porque los mosquitos no le dejaban salir a la cárcel de la calle.

Se suspendían las funciones en los teatros por la marabunta de los mosquitos que no dejaban trabajar a los actores.
Así el padre, para no perder entrenamiento, hacía la función de su vida en casa, en lugar del teatro.

Muy serio ponía en marcha el reloj despertador y a los tres timbrazos, empezaba a desperezarse para trabajar.

Algunos expectadores se excusaban, como Pepe el Mayor, Oilar que tenia novio en Zaragoza,nada mas justo, Lorenso el Magnífico
y hasta la madre Fuencisla al convento.

Burdos pretextos para el padre

Otros se quedaban

Angela la Beata, y, por supuesto Julio Ordoñez

Primero haciendo de claque del padre, luego de público llano y más tarde incorporados a la Compañía titular de la casa ante la falta de figuración.

Ensayando muy en serio

Dada la persistente huelga de la tramoya por culpa de los voraces mosquitos, empezaron por papeles pequeños papeles y, en seguida, de protagonistas.

Prota, en lenguaje coloquial.

El padre les enseñaba a decir el verso en tanta obra clásica como había aprendido de la mano de Borrás, de Morano o de Tallaví.

El zapatero y el rey, El gran Cardenal, don Gil de las calzas verdes, Rojas Zorrilla...

Pero las que más le gustaban era el Alcalde de Zalamea, y de Los intereses creados, el Prólogo y el Primer acto.

Del otro Zorrilla, don Juan Tenorio, repertorio obligado en toda Compañía que se preciara de tal, la totalidad.

Julio Ordoñez y la Beata hacían de Crispín y Leandro, porque
este personaje siempre lo había hecho una mujer.

Pero luego hacían de Pedro Crespo y don Lope, aunque nunca este personaje hubiera sido interpretado por una mujer.

Para el padre, el mejor autor era Calderón, muy por encima de Shakespeare al que trataba con cierto desdén, y Lope de Vega que tampoco le interesaba demasiado.

Y de Calderón, el Alcalde.

También les enseñaba poesías de Rubén Darío, Campoamor, Villaespesa para la distensión y hasta de Benavente con lo poco que este autor cultivó el verso.

Así el padre se sentía complacido y pronosticaba tanto para la Beata como para Julio un gran porvenir en la escena.

Cuando por fin acabó el guerrero, el padre se fue a recorrer los teatros por si todavía existían, y a disculparse con el suyo por haber faltado a la cita diaria.

Se puso el traje azul marino, o el gris, o el marrón o, si acaso, el beige, o una chaqueta de patas de gallo, con pantalón liso de contraste y una cartera en la mano.

El autómata le abrió la puerta de la calle sin tan siquiera saludarle. Salió de la cárcel de la casa y entró en la de las aceras.

Todos los demás hombres que encontró vestían chaqueta sport
de patas de gallo con el pantalón liso de contraste, o de traje azul marino, o de
marrón glaçé o de gris, y algunos, muy pocos, de beige. Todos con su cartera bajo
el brazo o sujeta de la mano.

Pero el padre no podía fijarse en los detalles porque iba de prisa a recorrer los teatros.

Después del tornado de los mosquitos, los teatros seguían de
pie, ilesos, y el suyo con el que intentó disculparse, no hubo problema por la
huelga de los tramoyistas.

Más tranquilo, telefoneó, que para eso tenía la cárcel de un móvil.

Pero ella no estaba.

Decepcionado, regresó a su casa caminando.

Ahí se dio cuenta que todos los peatones vestían igual que él. Iban de deprisa, como él, con el mismo portafolios, las mismas caras y por las mismas aceras, unos cabeza arriba y otros cabeza abajo.

Los coches, apelmazados en el centro, entre_las rejas de una
acera y las rejas de la otra, trataban por todos los medios de subsistir del sandwich de las aceras.

Tal vez sus conductores-propietarios habían hecho alguna
promesa al cielo para adquirir un panecillo y estaban cumpliendo la penitencia. Quizás alcanzaran el cielo si seguían conduciendo sus coches todos los días por la gran ciudad.

Los guardias autómatas se ponían encarnados, de la vergüenza que les daba dirigir aquella circulación. Luego pasaban al color ámbar y por
fin al verde cerúleo y al violáceo.

Cada dos manzanas de casas, había una obra, y en cada manzana un Banco.

En los Bancos los señores se divertían levantándose a las seis
de la mañana para estar a las ocho en la sucursal hasta las tres de la tarde.

En las obras había otros señores que se entretenían jugando,
con la tierra, al parchís del agua, echando montoncitos en una carretilla, que vaciaban más abajo, para volverla a llenar de tierra y depositarla en el mismo lugar. Quizás era otra promesa divina, a la Virgen por algún favor recibido, o simplemente que se sentían realizados haciendo esta operación en verdad
original. O que les iba la marcha del parchís.

Pero había otros, encaramados en unos andamios, que ya es un
deporte más arriesgado y sólo porque, estúpidamente, querían poner ladrillos todos en hilera, y estaban tan contentos que cantaban y se gastaban bromas
como si en vez de poner ladrillos, pusieran babuchas o estuvieran dándole al golf o al polo. Otra promesa, inescrutable sin duda, porque siempre hay más creyentes de los que creemos, o algo más simple, como diría su mujer Fuencisla a la del Pilar, porque hay gente para todo.

Las alambradas de las aceras y los coches apelmazados en la
calzada, la multitud vestida igual y caminando por los mismos sitios, los portales cerrados a piedra y lodo por el portero automático, y las ventanas cerradas y llenas de rejas, era ni más ni menos, la ciudad donde Julios Ordóñez vivía con sus padres, sus hermanos, su famnilia y la señorita aparte.
A lo mejor, allá, en lo más alto de la geometría, entre edificios
de líneas divergentes que parecían juntarse, se descubría un trozo de algodón paseando tonto por el cielo.

A lo mejor, subiendo en los ascensores inteligentes, al último piso de los edificios, se podrían divisar más trozos de algodón en rama navegando por la superficie azul de los ordenadores.

Quizás arriba del todo habría un nido de cigüeñas, si es que éstas pueden volar tan alto. Vuela amigo, vuela alto, no seas gaviota en el mar, que cantaba Julio, otro padre.

Si no gaviotas, seguro que de aviones, porque éstos no paraban de parir imágenes y de zumbar, surcando el espacio a propulsión y dejando una larga cola de semen que ya era pecado contaminar también el cielo.

En la estepa, entre el asfalto de la ciudad, no podían vivir los
pájaros, y por eso no había niños, salvo los que limpiaban los parabrisas de los automóviles. Tampoco había poetas porque había televisión. Y no había parejas
de enamorados porque la mujer trabajaba y no podía perder el tiempo en esas tonteras.

Sólo el padre vivía su tremenda aventura secreta de hombre casado.

La luna les era indiferente a todos, si es que alguna noche salía
a curiosear.

Sólo Julio Ordóñez llegó a tener su mascota. No era una consola, sino un pájaro, medio asfixiado, que se coló un día por la ventana. Julio Ordóñez lo curó y lo guardó, pero nunca le puso jaula, si no que le dejó volar a su voluntad, libre y soberano, por el espacio aéreo de su pequeño apartamento.
TERCERO
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La madre es bajita, como las madres decentes de antes, las que iban a misa y no trabajaban, ni querían ser modelos.

El recorrido de todos los días era escaso, cama, colada, cocina, caciquismo, comedor, y el gimnasio para las de vida airada y hacer la acera, y de esta forma no podían crecer.

Tampoco podían pintarse, ni hablar con las vecinas, ni quitarse la enagua, ni ser demasiado limpias por el temor a embellecer, que era de malísimo tono.

La madre debía ser sufrida y abnegada, llorar con frecuencia, desmayarse de vez en vez y dar la mejor chuleta al marido, la segunda y tercera para los hijos y el hueso para ella, a roerlo en el rincón.

El mejor sillón para el marido, que siempre venía cansado porque trabajaba mucho y traía el dinero a casa. Para ella el suelo en el rincón.

La camisa limpia y planchada con sus gemelos en los puños para irse a ver a la otra, la señorita que por cierto la llamaban Leal, que no era nombre santo porque era joven y sobre todo alta sin reservas.

Y ella en el rincón.

Todo menos que su marido quedase mal, con la camisa desplanchada o una arruga en el pantalón, o que ella dijera, cómo te lleva tu mujer.

Y eso, nunca. Dignidad ante todo.

Cuando se casó, su marido era letrado y a ella le pareció bien ser querida por un príncipe en lugar de un filibustero pero le salió infeliz porque él no quería ser filibustero si no actor en ejercicio.

Gentil hombre de cámara de Carlos III o Miguelito Bossé.

Por eso se matriculó y se graduó en Arte Dramático.

Porque hizo la carrera de actor no como los artistas de ahora que hacen la del galgo y en lugar de hablar de la profesión hablan de su carrera, quizás porque están haciéndola, ellas y ellos, que también se han puesto de moda los boys y para la cual no hace falta ser abogado ni tener un master en embriología.

Con ir a una fábrica de actores es suficiente.

Allí los alinean y los sacan por una cinta metálica como botellas de cerveza o latas de atún, o como hacen salir los chorizos de pueblo y el queso en Cercedilla y en seguida hacen la carrera.

Con todo y con estas cosas y con otras cuantas el padre era feliz y siendo feliz él lo eran todas las familias de la ciudad.

Tan enamorado estaba de su profesión que se enamoró de Leal,
la profesional.

Aquél día que era el de todos los santos, Angela la Beata que no era tonta si no niña de 10 años, le dijo a su padre que ella o yo.

Porque sabía del delirio que sentía su padre por ella pero no
del delirio que sentía su padre por la otra.

El padre disimuló enseñándole a recitar más poesías y a estudiar más obras clásicas y haciéndole ver que valía más que su hermano el Menor.

Ángela la Beata que no era tonta sino niña de 10 años actualizados a su época, con yogures, pastillas de crecentol, leche con calcio y aerobis para no quedarse como su madre, se calló.

Se puso lentillas azules para reflejar los ojos de su padre que los tenía de ese color, y aletear a la vida con sus pechitos incipientes, las piernas largas y las picardías en su sitio.

Porque ella era guapa y no tenía por qué ocultarlo como su madre, que vivíamos otros tiempos.

El padre le miraba a los ojos y decía embobado, cómo se parece a mí, mientras aparcaba a Leal, su dulce entretenimiento.

La Virgen de la Fuencisla le decía a la del Pilar, que no fuera
tan pava y que formalizara su amor en Zaragoza.

La del Pilar no tomaba nada para crecer ni se ponía lentillas
que para eso tenía los rasgados y azules ojos de su padre, que no necesitaba ADN pero mira que su padre sólo tenía ojos para Angela y no veía los suyos y además a la del Pilar ni le gustaba la poesía ni le gustaba la pelota y por eso había cumplido catorce años.

Y se acercaba más a su madre, la Fuencisla.

Pepe el Mayor era alto y delgado como su padre del cual había heredado el bigote y el liberalismo que está era una familia de antes de una guerra.

Tenía novias, y estudiaba sin demasiado entusiasmo y por eso sacaba sobresaliente y aun matrícula con magníficas notas, mientras que su hermano Lorenzo el Magnífico tenía que quemarse la pestaña para sacar un triste aprobado y por eso se escapaba de casa con frecuencia y volvía con la guardia civil porque era menor de edad.

Pepe el Mayor también era simpático y hablador y así le perdonaban sus muchas faltas, mientras que el Magnífico era un poco taciturno y huraño y no gozaba de popularidad en la familia, porque eso no vende.

Los cinco iban a la cárcel del colegio donde a los más pequeños
les encerraban en un aula llena de rejas para que no se cayeran a la calle y un
recreo lleno de neumáticos para que no se hicieran daño con la tierra.

Los mayores tenían un recreo bien cerrado por el campo de baloncesto para que no se les escapara el balonazo.

La puerta de este recreo tenía las verjas muy altas y terminadas en punta y unas vallas rematadas por culos de vasos puestos al revés.

Nadie podía escapar al paréntesis colectivo del colegio.

El aula cárcel, el recreo cárcel, los padres que se habían asociado
atados en cadenas, no dejaban disfrutar a los púberes que tenían que estudiar para su porvenir sin que los más viejos del lugar supieran decir de una forma clara y rotunda que era eso del porvenir.

La solución de los púberes sin chocolate era hacer novillos y de cinco clases a la semana, faltar otras cinco de semana inglesa para poder sobrevivir a las clases

Pero los más pequeños se tenían que conformar con la tosferina que les engordaba, las paperas, la nieve que caía en invierno para ablandar a los padres encadenados a que les dejaran tranquilos en la cama.

De todas formas el más joven Julio Ordóñez soñaba en esos
madrugones con llegar a ser Rey o Emperador de los franceses o primer ministro o multimillonario o albañil que ahora comprendía a los que se subían en un
andamio, que no era por deporte, si no por estar también en las alturas.

Lo que más sentía era abandonar la mascota a sus tiernos cuidados, sólo con la manma,

el pájaro que había curado a sus pechos
alegraba la casa volando por los techos.

El ave, como la sombra del hombre, tenía el alma entre las plumas y de tanto hacer el mismo recorrido, un día se enteró de la ventana abierta, y voló de dentro a fuera sin otra intención.

Quizás quiso alcanzar el zumbar de los aviones, pero se convirtió en cigüeña y su pico no retornó jamás.

La manma no sabía como consolar al niño de su disgusto, diciendo que el pájaro era un desagradecido y ave que no vuelve es que nunca la tuviste en mano, pero Julio Iglesias podía cantar lo que quisiera sobre la paloma o el gavilán mientras que Julio Ordóñez no podría encontrar otra voz que le dijera lo de aquel pájaro, pequeño e ingrato, al que un día curó y le cantaron los frailes, gregorianos en su oído.
(Sigue y concluye en la página siguiente)
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