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Registada en la Propiedad Intelectual de la Comunidad de Madrid como Relato con el nombre de Julio Ordoñez Garcia y el número definitivo M.006281/2003 del 11 de agosto del 2003 y el asiento registral 16/2003/7035 de fecha 24 de octubre del 2003.
Prohibida su reprodución y difusion parcial o total sin permiso del Autor.
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Mi hermano Julio Ordoñez, (con el mismo nombre de mi padre), fallecido, muy joven, en accidente de moto. Mi hermana Sagrario en el centro, muerta, víctima de un cáncer, en 1992, y por fin mi hermana Pilar, a la que mataron en un hospital de Madrid en el año 2004 y por el que se sigue un Contencioso.
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La atmósfera se hacía más y más irrespirable.
El aire de la sierra y el que venía del Estrecho eran demasiado cálidos y demasiado contaminados.
Los hombres y las mujeres se parecían entre sí, ya no sólo en el uniforme de sus trajes, si no en el de sus profesiones.
Antes, la configuración de la cara y el cuerpo te hacían distinguir una salmantina de una asturiana o una alcarreña de una de Guadalajara vengo de Guadalajara soy.
Hoy en día la etnia de las gentes se clasifica por sus trabajos.
Nadie puede ocultar su profesión, porque se le nota en las ojeras, le delata el desodorante del cuerpo, los guantes en la ocasión.
A poco observador que sea uno se dará cuenta que todos los políticos son iguales, por el traje azul, camisa y corbata azul, pero sobre todo en el discurso azul, en las palabras, en los tics, y en los clichés del lago de Ypacaraí.
Cuando un funcionario ministerial se ponen de pie vemos con asombro como ha aumentado el volumen de sus caderas hacia abajo.
A las mujeres se les nota en la barbilla que se les va derritiendo.
A las asistentas sociales por su similitud.
Por su edad indefinida, su marcado interés amable, su forma de
ser, su estornudo a destiempo que hace pum en su sonrisa.
Las niñas progres, que antes masticaban chicle, llevan una media botella de agua mineral para beberla a sorbos en la entrevista.
Las criadas tienen el móvil puesto por la calle y se acuestan con él en lugar de con los niños y las señoritas lo pierden en el arcén del garaje de papá.
Los grandes industriales ponen de moda las cosas que se venden a medio precio, nunca los bolsos de cocodrilo ni lo abrigos de nutria ni los de zorro plateado.
Es la media.
Todos los médicos tratan de tú a los pacientes y todos los pacientes tienen cara de médico en conserva.
Las enfermeras que sacan sangre tienen cara de sacar el suero a la vena de su alma.
El forense tiene el rostro de estreñido forense.
Es la media.
Las bragas de todas las prostitutas son blancas como el ala derecha de su corazón.
El perfume de la prostituta siempre huele a recién nacido, por lo que es fácil identiticar su profesión antes de beber el sudor blanco de su ropa.
El catedrático es pedante fuera del aula y tiene cara de margarita.
La margarita se tinta el pelo con just for main para no ser
blanca ni amarilla y luego destiñe en el vaso su desilusión.
Es la media.
El que vende un periódico apócrifo pidiendo una limosna, es igual a todos los demás que venden otro periódico para pedir cien pesetas.
Los periodistas de la tele, pornografía política, marean el bistec para comerse su propia berenjena de la siesta vegetariana.
El taxista tiene cara de Fidel después de fumarse un buen puro y beber una copa de coñac, al hablar con el de atrás, en la digestión.
El conductor de autobús se ha quedado chato por el motor Pegasso y tiene cara de inspector de tranvías.
El fontanero, el cerrajero, el albañil se sienta en las terrazas de los parques
infantiles mientras mira con ínfulas a los que se sientan en un banco porque son intelectuales.
Al hombre de oficio se le nota porque tiene cara de burgués nonato y no de burgués gentilhombre.
Es la media.
A la cajera del supermercado se le ha quedado cara de salchicha
y el fin de semana se convierte en pez espada de la reunión.
Los que llevan gafas graduadas son menos graduados que los
que no las llevan.
Los que llevan gafas de sol son tímidos y se gradúan la barba con chocolate.
Las mariposas nocturnas toman teta en las anochecidas y pizza entre las cuatro y las cinco de la mañana siguiente.
Se nota que es la media.
La mujer que madruga para ir al trabajo se baña por la noche y
siempre tiene cara de champú.
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Mi hermano Julio de frente y yo de espaldas, ante la gruta de la Virgen de Covadondga en Oviedo, tambien conocida por La Santina.
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La mujer abogada y la jueza caminan de prisa a los juzgados matutinos para ganar los pleitos antes de sentenciarlos con el afán de triturar pronto a sus adversarios varones.
Se les nota que son abogadas o juezas porque siempre llevan en el bolso una polvera con arroz.
Los abogados-hombres, se acomplejan porque saben el destino
que les espera, tras la regañina de su cliente y su esposa en el cabaret.
Al hombre, en definitiva, se le ha quedado cara de caimán con la pequeña boca abierta, a la espera del molusco o la sandía roja del cargo que engorde los mofletes de su digestión.
Los mochileros del inglés, hacen su agosto y todos tienen cara de spaininglis.
Los ingleses son las entrañas de la digestión.
Es la media.
La mitad de la gente igual a la otra media.
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El padre había cumplido los 47 años, mientras que Julio Ordoñez tenía diez y medio.
Ángela la Beata tenía algo más de catorce años y sus hermanos
dos aumentadas, como su madre Fuencisla aunque de ésta nunca se hablaba.
Resultaba elemental, que Leal, la profesional, tuviera dos más
pero seguía tan tonta como antes del cumple.
Es que la que nace tonta, es guapa y ya está, le decía ella al
padre, su amigo íntimo.
No está, le discutía el padre, que era el amigo íntimo.
Toda la gente nace guapa, es el entorno social el que les
vuelve lelos.
Todos podríamos ser altos y guapos y sanos si no fuera por
los bancos emisores de monedas, le decía.
La falta de dinero te convierte en narizotas, barrigudo, calvo, contrahecho, escrufuloso, con las piernas arqueadas, mal vestido, peor calzado, sucio, con los calcetines enrollados, ordinario, basto, maleducado, envidioso y glotón.
Por eso se les ve por las grandes superficies llenando el carrito de la compra de eskis, tablas para planchar y sillas de director, en lugar de llenarlo de perfume francés.
No me gusta la tabla para planchar ni los barrigudos, ni las sillas
de director porque son muy incómodas, contestaba Leal.
El hombre ha nacido para estar cómodo, ser guapo, no trabajar y disfrutar de la madre naturaleza, le decía el padre.
Para el ocio, le decía.
Entonces, por qué hay tantos hombres que trabajan, si el trabajo
deforma, replicaba la Leal.
No ando muy enterado de eso, pero tiene que ser algo terrible,
porque, además se cultivan y aprenden a ser ingenieros o mecánicos dentistas o a
progresar, mientras que lo importante es la gente que no sirve para nada, que son
la mayoría y con ella podemos ganar las elecciones. Vámonos a Tegucigalpa.
Vámonos al Tíbet, dijo Leal emocionándose.
Mejor a Tegucigalpa.
Al Tíbet.
No, porque allí podrían sorprendernos.
Tu mujer lo sabe todo y le gusta, no hay de qué preocuparse.
No acabó de terminar la frase porque estalló una bofetada de circo en la cara de Lina Morgan.
Que la autora no era su mujer, si no la hija, que había escuchado
las últimas palabras de su rival.
Ella quería a su padre y no podía consentir que otra se lo llevara
de viaje a ninguna parte.
Estaba celosa.
Agresiva.
La bofetada había estallado como una mina antipersona en la cara de un piel roja.
La desleal se frotaba la mejilla poniéndosela más afectada.
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Un primer plano de mi hermana, la ya citada Pilar, rebosante de salud. Nuestra familia se componía de cinco hermanos, contándome yo.Julio era el primogénito, después iba Pepe que mostraremos más abajo,luego Pilar, sigue Sagrario, y el benjamin de la casa que era yo.
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Eres una niña, se atrevió a decir.
La segunda bofetada la despanzurró en el suelo.
Esta vez las minas antipersonas se había abierto y aún ella, obstinada insistió:
Entre tu padre y yo no hay nada de lo que supones.
Ángela la Beata la pateó con tal fuerza como la espátula
hiende el lienzo del pintor al usar el magenta, sin que tenga relación una materia con la otra.
El padre apeló a la cárcel del teléfono celular para avisar una ambulancia, pero ésta llegó tarde como todas las ambulancias que llevan el letrero del revés.
Leal había muerto.
Los camilleros optaron por recogerla en una bolsa de la
basura para ahorrar dineros a la Seguridad Social.
Todos aplaudieron el gesto de Ángela la Beata y la empezaron a mirar con más respeto, con mas seriedad, se diría con admiración hasta que la niña decidió retirarse con aire de sacerdotisa griega o de heroína ofendida, o de Agustina aferrada al cañón de su padre, que no había sabido disparar a tiempo.
El público ovacionó y así cayó el telón del tercer acto
sin que los actores salieran a saludar.
Sólo Julio Ordóñez se escondió en el guardabarros de la ambulancia con el letrero al revés para acompañar en su último viaje a la amiga de su padre, aquella que le enseñó las piernas largas en el taburete del bar, cuando había cumplido el año y medio de la vida.
Desde entonces la había cogido afecto y ahora no gritaba pero tampoco lloraba porque eso no lo supo hacer nunca.
La ambulancia sí, porque son las plañideras de la sociedad sodomita, y a sus quejidos y lamentos van cediendo el paso la espantada circulación de coches y peatones.
Después de tanta prisa y tanta urgencia, al llegar al hospital, los camilleros depositaron la bolsa de los desperdicios en la basura de los contenedores y se alejaron sin decir hasta luego en inglés.
Julio Ordoñez cubierto de lodo que no es lo mismo que falta o delito, se acercó al contenedor, arrancó la bolsa de plástico que pesaba lo suyo, la arrastró hasta la acera y la abrió.
Lo primero que apareció fueron los pies, piernas, los robustos muslos y las lenguas barbas de la desgraciada Leal, fríos como el mármol los pies.
Julio Ordoñez recordaba con absoluta nitidez aquella etapa entre el serrín del suelo, el coca cola de los zapatos con tacones de azúcar, y el taburete del bar, donde se sentaba la señorita de compañía de su padre.
Ahora contemplaba el mismo espectáculo pero desde otra
perspectiva caballera, de protagonista y sin presencia paternal.
El prota, era él, sin lugar a dudas.
Sentía la tentación de tirarla de los pies y otro tipo de tentaciones. Por ejemplo, tirarla de los pies, para él solo, a fin de calentárselos hasta formar un cortocircuito.
Y de esta manera despedirse de la desdichada mujer.
Hizo un supremo esfuerzo y todo se le vino encima, la bolsa de plástico rota, el lodo que tampoco es estafa del guardabarros, las piernas y los muslos de la joven que se le enroscaron como una serpiente de dos zapatos a su cuello, decidida a estrangularle.
Pero sucedió un curioso fenómeno de la naturaleza
Greenpeace.
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Mi hermano Pepe (José María Ordoñez de Villamar) a la izquierda, comiendo en su casa, conmigo, en Santander donde afincó y creó una gran familia. Falleció en el año 2003. Ahora solo quedo yo. El apellido Ordoñez, seguirá con sus hijos y sus nietos, el de Villamar, se extinguirá conmigo.
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Cuantos más chichones se hacían, más ganas les entraba de cantar ópera, sobre todo a la mujer que le apretaba, muesca a muesca, en una tenaza de piernas y muslos a Radamés por Aída sin protección de iguanas
ni focas ni otras especies en extinción.
Vital Aza.
Julio Ordoñez lo veía perdido, sin posibilidad de
ritornello sino que, al contrario, se diría que avanzaba hacia una rara e inédita travesura que no era la pelota ni el trompo, ni el futbolín ni la gaita sino las esmeraldas de aquellos pezones que se santiguaban en su carne, y la luna ¡por fin! en el cuarto creciente de la pelvis, con la estrella de la mañana en el centro, que le inducían, irreversibles, al sexto y que jamás había en el cuarto ni en el quinto piso hasta entonces, porque el cielo, nunca bajaba a la ciudad y tampoco pudo alcanzarlo cuando subido en una silla, en la terraza, intentaba acariciarlo con un dedo.
Ahora no era el cielo contaminado por el semen de los aviones a reacción que zumbaban por todas partes sin postre y sin nariz, ni siquiera las nubes de la tormenta o los pájaros convertidos en cigüeñas, sino la mano completa traspasando el espacio metafísico, el edén maravilloso donde se encontraron los primeros padres, que no eran los suyos, y procedieron al pecado
original.
De lógica.
En este paraíso de asfalto, mujer y muchacho, sucios y golpeados, no habría frutal prohibido, ni del bien ni del mal, ni el más allá de los mismos nietzscheano. Era ésta una serpiente mórbida convertida en ángel sin alas que producía placer, que daba la dicha al hombre, y si no al hombre, al menos al aspirante a cabo primera de esa categoría.
Un ángel con sexo femenino, palpable y vital, ardiente y abierto, que respiraba a su lado, con todos sus humanos poros, juntándose a la vida del chico para escándalo y eau de toilette de las ambulancias plañideras.
Cuando terminó el éxodo, el levítico, el pentateuco y el deateremonio,
Julio Ordoñez musitó con voz de perdiz:
Estas más fría que el mármol a mis quejas.
Y al encendido fuego en que me quemo, hubiera sido la respuesta políticamente correcta en el concurso de la televisión, pero no, que ella dijo:
Y tú como el alabastro.
Porque era ella, ella sin duda, que la historia se estaba repitiendo como una cofradía.
Más helada que la nieve Galatea...
Que no, que soy Leal.
Estoy muriendo y aún la vida temo.
Pues ya ves, ahora...
Témola en verdad, pues tú me dejas.
No seas chiquillo, eso no va a ocurrir.
¿Y mi padre?
Ya ves tú.
No lo sé.
Seguían tendidos en la playa de la acera mientras se hacía lento el día de la deliciosa estupidez.
Una moto pasó rápida por encima de ellos y se fue a incrustar en la esquina de una sucursal bancaria para
observar el paisaje.
Vinieron más motos por ese carril llamado acera autorizado por el excelentísimo Ayuntamiento de la ciudad.
Julio Ordoñez encendió la bombilla de la frente.
Se levantó.
Luego tomó a la hembra de la cintura y la dijo:
Ya eres mi mascota.
Ella le masajeó la cabeza.
Antes tenía un pájaro, pero lo perdí. Prefiero un
perro, es decir, una perra, más fieles que los machos, un cachorro como tú, Leal.
Tú si que eres un cachorro, contestó la erudita.
Luego le agarró de los hombros, le besó profundo y se fueron despacio entre la excitación de las motos, trepidando por la cárcel de las aceras y el asombro de los señores de traje gris, o marrón glaçé, o azul marino, o chaqueta de patas de gallo, ante el descabellado romance del chaval.
La lluvia empezó a caer a lágrima viva, como no podía ser menos, lavando la suciedad de los espermas y las aceras. De inmediato vinieron de la grúa municipal con sus mangas de riego, porque agua llama al agua y más ahora que tenían unos enamorados a quienes empapar. La presión fue tan fuerte que salieron disparados hacia el abismo entre gritos y sollozos de angustia y placer, formando un meandro, luego un afluente, para después juntarse con otro río que, desesperado, fue a suicidarse en el mar. El destino, esa pieza de seda, que se escurre por un pico y se acaricia por la perla se perdió en la aguas profundas del humidificador.
FINES TERRAE
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Ese soy yo, Pablo Antonio Ordoñez de Villamar, PABLO VILLAMAR, artísticamente, elucubrando ideas que es de lo que vivo.
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